Y estás ahí dormida

Despierto en un abismo de botellas vacías y memorias perdidas, la sensación de una piel ajena todavía fresca en mis brazos. Encuentro a mi acompañante del otro lado de la barra, el trapo con el que me despertó sigue bailando en su mano. Y entonces regresan, regresan las memorias de lo que pudo o no haber pasado más temprano.

Tu risa, tu pelo, el palpitar de tu pecho. Mi piel hirviendo, mis pasos cautos, el cuerpo húmedo ante tu presencia.

Me levanto rápidamente, subiendo las escaleras hacia donde mis poco fiables pensamientos dicen que está tu cuarto. En este laberinto de pasillos interminables y puertas numeradas, busco la que en metal dice 68. Cuando finalmente la encuentro, abro la puerta y te veo. Dormida allí, descansando bajo las sábanas, con la promesa de lo que pudo haber pasado ahí debajo. Tan tranquila, sin conciencia alguna de lo que me hiciste, me devuelves las imágenes de lo que fue (o no).

Tus gritos, mis llantos, más vasos de whisky. Ropa rota, vestido suelto, sábanas arrugadas.

Me vuelvo impotente ante tu presencia, y así termino. Cierro la puerta con cautela y luego busco la mía, sin suerte. El reloj al fondo del pasillo me dice que, de todas maneras, mañana llegó temprano. Salgo, tomo un taxi, regreso a casa, pongo el anillo en su lugar.

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